No recuerdo muy bien ¿qué fue al principio? ¿la luz o la piedra? Pero sí sé que aún puedo oír con toda nitidez, el ruido seco de la marra contra las cuñas. 1, 2, 3, 4, 5, 6 y 7 esta vez. El ruido del metal contra el metal, un ruido que con el eco en este lugar se oye mucho más lejos de lo que imaginamos. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y vuelta a empezar, siempre en el mismo orden. No sólo se transmite por el aire, sino que vibran nuestros pies, vibra el batolito, vibra creo, que la montaña entera. Pero ¿quién está detrás de todo este tinglado? A estas horas en las que ni los pájaros han abandonado el nido. Es el cantero, un hombre rudo de verdad, imperturbable al tiempo y a los tiempos.
1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 Sus ojos son tan fríos como el granito que intenta abrir. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 Un chasquido cruza el aire como un rayo. La piedra se ha abierto a sus pies como una sandía. El aire huele a fósforo y no se si a azufre. Los ojos del cantero se han humedecido por un segundo, su pecho palpita confiado. Ya no siente frío, ni le duelen las manos agrietadas y engarrotadas. El calor del hogar se presiente ahora un poco más cerca.
Entre los sonidos de la cantera, aún tenues se empiezan a apreciar los de las esquilas de las ovejas, un rebaño grande se acerca, los ladridos de los perros y los silbidos de los pastores pronto lo confirman.
Alguna mocita se lleva un sobresalto.
- ¡Ya vienen los pastores, ya viene mi novio!
¡Qué alegría de encuentro, qué breve la estancia, qué grande la esperanza…!
“Ya se van los pastores
A la Extremadura ,
Ya se queda la sierra,
Triste y oscura.”